(...)Lapayese, que clava sus raíces
en los viejos bisontes de Altamira, descompone las formas para inventar
su propia geometría expresionista. Cambia las perspectivas, juega
con los perfiles, unifica los planos y, a veces, hace que todo el lienzo
se eleve en el espacio como un globo borracho de colores... El aparente
ingenuismo de alguna de sus obras, la sencillez del trazo o el gozo del
color disimulan angustias y ocultan ironías y ofrecen la visión
sonriente y herida de un artista que sufre el dolor de soñar.
Mario Antolín El Imparcial, 30 de septiembre,
1980 |