Pese al respeto que inspiró su figura en cuantos artistas
y críticos
le conocieran, y a la influencia que ejerció sobre ciertos artistas
y críticos de su generación, el escultor y pintor Ramón
Lapayese no había sido hasta ahora objeto de un estudio en profundidad,
acaso porque no estuvo presente, en la última etapa de su trayectoria,
en el mercado y en la escena españoles(...)
Parece oportuno, pues, rendirle homenaje ahora a su figura y a su obra,
tanto más por cuanto gran parte de ella está prácticamente
inédita en España.
(...)
En los años 50, Lapayese obtuvo sendas becas para viajar a Roma (lo
que aprovechó para recorrer Italia y parte de Europa) y a París
(donde vivió durante seis años, llevando a cabo varias exposiciones),
tomando entonces contacto con el arte europeo de vanguardia.
Tanto sus esculturas como el magnífico conjunto de cuadros abstractos
que de aquella época se conservan constituyen sin duda un espectacular
punto de partida para una antológica del artista: perfectamente conservadas,
nos muestran las pinturas diversas estructuras reticulares en relieve impecablemente
compuestas, ornadas con colores profundos y apagados. En ellas está
esa tensión entre la sobriedad geométrica de un Poliakoff
-en pintura- y el gusto por lo arcaico, por lo prehistórico, que
Moore, Giacometti o Germaine Richier imponían en la escultura de
la época.
Acaso estos cuadros de los primeros 60 representen, mejor que ningún
otro conjunto de obras suyas, el momento en el que Ramón Lapayese,
sintiéndose a sus anchas como pintor, lejos de su tierra, desarrolla
un lenguaje plenamente coherente con el discurso de sus contemporáneos.
Sobre estas pinturas se asienta todo su estilo, pues es la simbiosis entre
lo que a nosotros pudieran parecernos formas escultóricas y un gusto
por la pintura, por el color y la materia, la que caracteriza al Lapayese
pintor: esas manipulaciones de la anatomía y el volumen, esas distorsiones
del espacio propias del lenguaje escultórico que Ramón incorporaba
inconscientemente a su pintura, la hacen única, siempre sorprendente,
refinada y viva.
También son notables sus grabados, que realiza en la École des
Beaux Arts.
En 1968 presenta sus trabajos por primera vez en la galería Kreisler
de Madrid, sala con la que mantendría relación hasta principios
de los 80. (...) La Crítica le descubre entonces como pintor, dedicándole
comentarios elogiosos y se inaugura así su largo y fecundo periodo madrileño.
Mas si hemos hecho especial hincapié en la etapa de conformación
del lenguaje y el estilo de Ramón Lapayese ha sido por una concreta razón:
creemos que la obra de este artista -y, especialmente el conjunto de pinturas,
esculturas, grabados y dibujos que realiza Lapayese desde su vuelta a Madrid
en 1963 hasta su postrero viaje a Miami en 1984- no puede ser en ningún
caso estudiada desde un punto de vista cronológico o, si se prefiere,
atendiendo a la posible evolución de los rasgos estilísticos que
la caracterizan.
Lapayese era un artista singular, que se mantuvo fiel a unas premisas durante
la mayor parte de su vida. No es solo que su lenguaje no cambiara (cabe hablar
de un hallazgo en cada obra, pero siempre dentro de un estilo inconfundible
y prácticamente inamovible):sucede además que los descubrimientos
y las revisiones se alternan con frecuencia, que los avances y los retornos
son constantes.
Si nos centramos en la escultura, sí podremos hablar de una preocupación
permanente, de un tema único: Lapayese trataba la figura humana, la expresión,
el movimiento, el sentimiento, la acción... Estudió su anatomía
desde múltiples perspectivas, la exploró unas veces desde el rigor
clasicista y otras la transformó en abstracta oda al movimiento, pero
no constituyen estos cambios "etapas", sino "momentos" que
encontramos a lo largo de toda su vida. Y en esas anatomías, tanto humanas
como animales, encontraremos siempre esas primeras estructuras, ese "esqueleto"
o "raspa" que tanto debe al redescubrimiento del arte rupestre y que
constituía el motivo de sus cuadros y esculturas abstractas.
Por otra parte, es frecuente encontrar un mismo motivo, una misma pose en un
cuadro de Lapayese y en una de sus esculturas: ambas facetas de su trabajo transcurrían
paralelas, ambas son indisolubles y no faltan críticos que expresen su
preferencia por una u otra vertiente de su creatividad.
Habremos
pues de agrupar las obras por temas: sus espléndidas tauromaquias, peculiares
por cuanto ese toro típico de Lapayese, visto desde lo alto, exageradamente
grande, tiene un carácter casi arquitectónico, rasgos totémicos,
transpira solidez y potencia.(...)De este modo se desplegará ante nosotros
toda la sensibilidad de Lapayese, podremos percibir toda la ternura que emana
de sus obras: figuras delicadas y frágiles, que parecen ocultar pudorosamente
sus rostros; anónimas y mudas, se expresan a través de las peculiares
transformaciones de sus anatomías, de los alargamientos o ensanchamientos
de sus extremidades, de sus ropas siempre ricas en texturas v materias, de sus
perfiles temblorosos.
Son increíbles las obras por encargo que realizó Lapayese durante
estos años, pero preferimos centrarnos en cuanto produjo para el medio
centenar largo de exposiciones individuales que llevó a cabo en diversas
ciudades de España, Europa y los Estados Unidos, y sus más de
cien colectivas. La Medalla Especial de Oro en la Bienal de Zaragoza de 1963
y el II Premio Nacional de escultura que obtiene en 1970 se cuentan entre sus
premios más importantes.
Ramón Lapayese acaso trabajara más por impulsos que guiado
por un afán de coherencia; tal vez eso explique también la vastísima
obra que nos ha dejado. Ramón, es cierto, realizó numerosos
"caprichos" o "divertimentos" que quizá le ayudaran
a "escaparse" de ese taller en el que se acumulaban los encargos
y en el que siempre hubo muchos aprendices trabajando.
Sobre estos trabajos, tan necesarios como poco ortodoxos, cuajó las
obras singulares que nos proponemos presentar.
Javier Rubio Nomblot
Madrid, 1999